El Horror Oculto a Plena Vista
Todos conocemos a ese vecino servicial y tranquilo. El que saluda amablemente, ayuda en la comunidad y parece incapaz de hacer daño a nadie. Andrés Mendoza, un hombre de 72 años de Atizapán, encajaba perfectamente en ese perfil. Sin embargo, detrás de su fachada de líder comunitario se escondía uno de los secretos más oscuros de la historia criminal de México: era un asesino en serie, caníbal y necrófilo que operó con impunidad durante más de tres décadas. Este artículo revela las cinco realidades más impactantes y contraintuitivas de su caso, demostrando que el horror no solo fue obra de un psicópata, sino de un sistema que prefirió no ver.
De día era un líder comunitario; de noche, un asesino en serie.
La fachada de líder comunitario no fue solo una coincidencia; fue el arma más eficaz de Andrés Mendoza, un escudo de respetabilidad que construyó meticulosamente para ocultar un matadero. En su faceta pública, era un respetado activista político del PRD y llegó a ser presidente del Consejo de Participación Ciudadana de su colonia. Utilizaba el apoyo financiero del partido para comprar balones de fútbol para los niños de la calle, repartir comida entre las familias más pobres y adquirir pintura para mejorar las fachadas de los hogares humildes.
Su compromiso con la comunidad era tal que gestionaba el cuidado de las canchas deportivas y solicitaba constantemente a las autoridades más fondos para pavimentación y alumbrado. Incluso se acercaba a las patrullas para pedirles que hicieran más rondas nocturnas por seguridad. Esta reputación de hombre «tranquilo, callado y servicial» le sirvió como un disfraz perfecto, permitiéndole cometer crímenes atroces en su propia casa sin que nadie sospechara durante más de 30 años.
El caso no fue resuelto por la negligencia policial, sino a pesar de ella.
El 14 de mayo de 2021, la desaparición de Reina González puso fin al reinado de terror de Mendoza. Pero no fue gracias a una investigación fiscal metódica, sino a la desesperación de su esposo, Bruno Portillo, un comandante de policía que actuó en contra del sistema al que pertenecía.
Contrario a la creencia popular de inacción total, cuando Bruno acudió a la policía de Atizapán, los oficiales de primera línea se saltaron todos los protocolos para ayudarlo. Le permitieron levantar una ficha de desaparición y le dieron acceso a las cámaras de seguridad, tareas que correspondían a la fiscalía. La verdadera ironía es que el sistema está tan roto que la única vía para una resolución rápida fue que policías de a pie quebrantaran las reglas.
Actuando por su cuenta, Bruno usó «Find My iPhone» para localizar la última señal del celular de su esposa, revisó horas de grabaciones hasta identificarla y se enfrentó a Mendoza en su casa sin una orden judicial. Fue él quien descubrió el sótano oculto bajo el colchón. La grabación de su teléfono mientras descendía captura el horror en su forma más cruda: «es una mano humana… es ella es mi mujer… es mi esposa jefe.»
Estaba obsesionado con Hannibal Lecter y replicaba sus rituales.
La película «El silencio de los corderos», estrenada en México en 1991, no creó al asesino, pero sí moldeó profundamente su macabro teatro. Mendoza vio la cinta y quedó fascinado con Hannibal Lecter. Su casa era un santuario de esta obsesión, donde los investigadores encontraron un afiche de la saga, las novelas y las películas en VHS. El hallazgo más perturbador fue un bozal negro, idéntico al del personaje, que Mendoza se ponía mientras descuartizaba los cuerpos de sus víctimas.
Pero la imitación iba más allá de los accesorios. En el sótano se encontraron 28 casetes de 8 mm y otros 25 en formato VHS en los que Mendoza grababa sus rituales. Estas cintas, con títulos explícitos como «Dos descuartizadas», lo mostraban masturbándose, abusando sexualmente de los cadáveres, desmembrándolos e incluso comiendo sus restos. La necrofilia no era una sospecha, era un espectáculo documentado, una evidencia irrefutable de la profundidad de su depravación.
Vendía y regalaba carne de sus víctimas a los vecinos.
Uno de los detalles más grotescos es que Mendoza no solo practicaba el canibalismo, sino que lo socializaba. En la entrada de su casa tenía un letrero que anunciaba la venta de «carne y chicharrones». No solo la vendía, también la regalaba generosamente por el vecindario en platos plásticos o bolsas, asegurando que era «carne de jabalí» traída de su pueblo natal. Su engaño se extendía hasta San Sebastián Río Dulce, donde viajaba con hieleras llenas de carne humana para regalarla a familias pobres, consolidando su reputación de hombre generoso.
El silencio que protegió al monstruo no nació únicamente del miedo, sino de una apatía colectiva tan profunda que ni los gritos de auxilio pudieron perforarla. Una vecina, Silvia Hernández, admitió haberlo visto colgar enormes tiras de carne con «grasa amarillenta» en su azotea y, en otra ocasión, ver a una joven pedir ayuda a gritos desde el interior de la casa. Nunca denunció nada. Increíblemente, Mendoza tenía inquilinos viviendo en su misma propiedad que jamás sospecharon, a pesar del olor y su comportamiento errático. La escala de esta ceguera colectiva se vuelve incomprensible al saber que en esa casa se encontraron más de 4,300 restos óseos.
La fiscalía intentó obligar a la familia de la víctima a mentir.
La podredumbre institucional se reveló en su máxima expresión cuando la fiscalía, en lugar de buscar justicia, intentó manipular la verdad. Según el documental «Caníbal, indignación total», la fiscal principal del caso, Dilcia García, presionó a Bruno Portillo y su familia para que declararan que su esposa Reina mantenía una relación sentimental con Mendoza. El objetivo era clasificar el caso como feminicidio para obtener una triple compensación económica y, presumiblemente, una victoria legal fácil.
Bruno se negó rotundamente a manchar la memoria de su esposa. Pero la negligencia iba mucho más allá. Durante la investigación, uno de los diarios de Mendoza, que contenía nombres de víctimas, fue robado de la escena del crimen y subastado en el mercado negro; el equipo del documental tuvo que comprarlo para recuperar la evidencia. Peor aún, se descubrió que Mendoza poseía otras dos propiedades en la misma colonia que jamás fueron investigadas, dejando la escalofriante posibilidad de que más cuerpos sigan sin ser descubiertos.
Cuando la Sociedad Decide no Ver
El caso de Andrés Mendoza es más que la historia de un psicópata. Es el brutal reflejo de un ecosistema de horror sostenido por la negligencia de las instituciones y la apatía de una sociedad que, por décadas, decidió mirar hacia otro lado. Mendoza pudo asesinar, descuartizar y canibalizar a decenas de mujeres no solo por su astucia, sino porque el sistema y la comunidad se lo permitieron. La historia del Caníbal de Atizapán nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿Cuántas señales de alerta ignoramos cada día en nuestras propias comunidades por miedo o por simple indiferencia?




