En enero de 1990, el tranquilo noroeste del Pacífico —una región de bosques frondosos, ríos serpenteantes y una tasa de criminalidad notablemente baja— fue sacudido por un descubrimiento brutal en Portland, Oregón. El cuerpo de Tania Bennet, de 23 años, desechado en el pintoresco desfiladero del río Columbia, marcó el comienzo de un caso que no solo expondría la escalofriante obra de un asesino en serie, sino que también dejaría al descubierto un profundo fracaso dentro del sistema judicial. Este único crimen se desenredaría en una tragedia compleja, alterando para siempre la vida de múltiples familias y forzando un doloroso reexamen de cómo se busca la justicia.
Tania, descrita por amigos y familiares como un «espíritu libre» y extrovertido, había desaparecido tras una noche jugando al billar en un bar local. Dos días después, un estudiante tropezó con su cuerpo a lo largo de un tramo remoto y curvo de la carretera. La posición de su cadáver sugería que había sido asesinada en otro lugar y arrojada allí, dejando a los investigadores con una escena del crimen despojada de información valiosa. No había bolso, ni billetera, y pocas pistas físicas. Sin embargo, un detalle destacaba: se había cortado y arrancado un trozo de tela de sus vaqueros, una sugerencia escalofriante de que el asesino se había llevado un trofeo.
Con poca evidencia física y ningún sospechoso claro, la policía enfrentó una inmensa presión para resolver un asesinato que había enviado una ola de incredulidad a través de la comunidad.
1. Una pista desesperada y una red enmarañada
En las investigaciones estancadas, la pista de un ciudadano puede ser el hilo crucial que desenmaraña un caso. También puede ser un nudo de desinformación que enreda a los investigadores en una red de engaños. Para los detectives que buscaban al asesino de Tania Bennet, una serie de llamadas anónimas les presentaría a LaVerna Pavlinac, una mujer de 57 años cuya desesperación descarrilaría la búsqueda de justicia durante años.
Las llamadas comenzaron pocas semanas después del asesinato. Una mujer anónima afirmó conocer la identidad del asesino. Tras dos mensajes, se reveló como LaVerna Pavlinac y señaló directamente a su novio, con quien vivía, John Sosnovsky. Le dijo a la policía que había escuchado a Sosnovsky alardear con un amigo sobre el asesinato. Para los investigadores, sedientos de pistas, la llamada fue una inyección de adrenalina; la mujer al teléfono sonaba creíble y su historia parecía prometedora.
Los intentos de Pavlinac de incriminar a Sosnovsky escalaron rápidamente. Proporcionó detalles del crimen, ubicándolo en la escena, e incluso presentó un pequeño trozo de tela vaquera que afirmó ser el trofeo tomado de los pantalones de Bennet. El laboratorio criminalístico, sin embargo, determinó rápidamente que la tela era una fabricación. Fue una táctica desesperada y autodestructiva nacida de una relación tóxica: la mentira de Pavlinac no era solo una acusación, sino un intento equivocado de extirpar quirúrgicamente a una pareja abusiva y alcohólica de su vida, sin importar el costo.
Frustrada porque la policía no había arrestado a Sosnovsky debido a la falta de pruebas corroborantes, Pavlinac contactó a un investigador nuevamente. Esta vez, declaró que era «hora de rectificar» su historia. Estaba a punto de cambiar su relato de la manera más dramática posible.
En un movimiento que dejaría atónitos a los investigadores, Pavlinac preparó el escenario para una confesión increíble que convencería a las autoridades de que finalmente habían encontrado a sus asesinos.
2. La confesión de la abuela: ¿Un caso cerrado?
En cualquier investigación criminal, una confesión detallada es una potencia psicológica, convirtiéndose a menudo en la piedra angular inamovible de un procesamiento. Cuando LaVerna Pavlinac decidió «corregir» su historia, ofreció una actuación que satisfizo perfectamente la necesidad de una solución por parte de los investigadores: un relato completo y de primera mano del crimen que parecía resolver cada duda.
En su declaración, Pavlinac expuso una narrativa escalofriante, paso a paso. Afirmó que ella y Sosnovsky habían conocido a Bennet en un bar, la habían llevado a un mirador panorámico llamado Vista House, y habían participado en su violación y asesinato. Describió cómo el encuentro, que inicialmente pensó que era «como un juego», se volvió siniestro. Según su confesión, mientras Sosnovsky agredía a Bennet, Pavlinac sostenía la cuerda que la estrangulaba. Después, envolvieron el cuerpo, lo llevaron a un lugar remoto y lo arrojaron al lado de la carretera.
Los investigadores quedaron atrapados en un estado de disonancia cognitiva. La mujer frente a ellos, con su apariencia de «abuela» y tono «suave», parecía incapaz de tal brutalidad. Como señaló un investigador, era «muy difícil creer que ella estuviera involucrada». Sin embargo, su relato detallado coincidía con la evidencia, y lo que hizo a continuación hizo que su historia fuera imposible de ignorar.
Para verificar su relato, la policía llevó a Pavlinac al desfiladero del río Columbia y le pidió que les mostrara dónde habían arrojado el cuerpo. Desde el asiento trasero del coche, los guio al lugar exacto: un punto remoto imposible de encontrar para un miembro del público general. Este acto fue la corroboración definitiva, borrando cualquier duda persistente.
Con una confesión grabada y detallada, y un conocimiento irrefutable de la escena del crimen, la policía y los fiscales creyeron que el caso estaba resuelto, lo que llevó a los rápidos arrestos de la improbable pareja.
3. Justicia fallida: El juicio y la condena
Legalmente, una confesión detallada es a menudo la evidencia más condenatoria que un jurado puede escuchar. Para LaVerna Pavlinac, las palabras que había dicho a la policía se convertirían en una trampa ineludible, sellando su destino incluso mientras la arquitecta de toda la mentira intentaba, y fallaba, desmantelar su propia creación.
Durante su juicio, Pavlinac subió al estrado y se retractó dramáticamente de toda su historia. Le dijo al jurado que había fabricado la confesión, uniendo detalles de los informes de noticias en un complot equivocado para incriminar a su novio abusivo. Su defensa fue que ella era una víctima, no una asesina.
La fiscalía, sin embargo, volvió magistralmente sus propias palabras en su contra. Reprodujeron la confesión grabada para el jurado, contrastándola con su testimonio. Destacaron su conocimiento íntimo de la escena del crimen, un conocimiento que solo podría pertenecer al asesino. La pregunta central del fiscal fue devastadoramente simple: «¿Estaba mintiendo entonces, o está mintiendo ahora?»
El jurado encontró su historia original más creíble. Los resultados legales fueron rápidos y decisivos:
- LaVerna Pavlinac: Declarada culpable de asesinato y condenada a cadena perpetua.
- John Sosnovsky: Enfrentado a la condena de Pavlinac, aceptó un acuerdo de culpabilidad para evitar un juicio y una sentencia potencialmente más dura. También fue condenado a cadena perpetua.
El caso estaba oficialmente cerrado; sin embargo, a cientos de kilómetros de distancia, un garabato anónimo en la pared de un baño ofreció una contra-narrativa escalofriante e ignorada.
4. Susurros desde las sombras: Emerge el Asesino de la Cara Feliz
Incluso en un caso cerrado, la duda puede filtrarse a través de las grietas de un veredicto aparentemente hermético. La aparición de nueva evidencia puede desafiar la finalidad de la justicia, obligando a las autoridades a confrontar la posibilidad de un terrible error. Para el caso de Tania Bennet, este desafío llegó en la forma de una figura nueva, misteriosa y burlona, cuyas cartas eran una consecuencia directa del fracaso investigativo original.
La primera pista apareció mientras Pavlinac y Sosnovsky estaban en juicio. En la pared de un baño en una parada de camiones en Montana, alguien había garabateado un mensaje: «Maté a Tania Bennet y dos personas han ido a juicio por el asesinato». Las autoridades en Oregón fueron notificadas, pero lo descartaron como una broma: obra de un «chiflado» buscando atención.
Tres años después, los susurros se hicieron más fuertes. Llegó una carta anónima a un tribunal de Oregón, reclamando la responsabilidad por el asesinato de Bennet. Su firma fue lo que la hizo verdaderamente escalofriante: una carita sonriente simple dibujada a mano. Pronto siguió una segunda carta, enviada a un columnista de un periódico. Esta era mucho más perturbadora. El autor, firmando como «el Asesino de la Cara Feliz» (The Happy Face Killer), se atribuía los asesinatos no solo de Tania Bennet, sino de otras cinco mujeres en todo el país, proporcionando detalles que nunca se habían hecho públicos. Mencionó que en un caso había «pisado el cuello» de su víctima, y en otro, había usado «cinta adhesiva».
La teoría inicial de la policía fue que las cartas eran un engaño orquestado por amigos de Sosnovsky. Pero esto no explicaba cómo el autor conocía información secreta de múltiples investigaciones de asesinato inconexas y estancadas en diferentes estados.
Las cartas plantearon una posibilidad aterradora: dos personas inocentes estaban encerradas en prisión mientras un prolífico y burlón asesino en serie seguía en la carretera, listo para matar de nuevo.
5. Una nueva víctima, una nueva pista: La caza de Keith Jesperson
Los delincuentes en serie, particularmente aquellos que son transitorios, a menudo son atrapados solo cuando los investigadores conectan los patrones de sus crímenes a través de las líneas jurisdiccionales. El asesinato de Julie Winningham en Washington en 1995 parecía, al principio, ser otra tragedia aislada. De hecho, se convertiría en la clave para descifrar todo el misterio del «Asesino de la Cara Feliz».
El cuerpo de Winningham fue descubierto en una orilla boscosa del río Columbia. El modus operandi era inquietantemente similar al caso Bennet: había sido estrangulada y su cuerpo arrojado en un área remota. Los investigadores comenzaron con el trabajo policial estándar, entrevistando a amigos y familiares para rastrear sus últimos días.
Una pista crucial provino de la madre de Winningham, quien recordó que su hija había estado viendo recientemente a un hombre «enorme», un camionero de larga distancia. La policía pronto descubrió que este hombre había ayudado a Winningham a vender su coche. La factura de venta contenía un detalle crítico: la firma del testigo de Keith Hunter Jesperson.
Con la cooperación de su empleador, los investigadores localizaron a Jesperson en Nuevo México. Durante un interrogatorio de cinco horas, admitió haber salido con Winningham, pero negó tener conocimiento de su muerte. Su comportamiento, sin embargo, levantó inmediatas señales de alerta. No mostró emoción y, lo más sospechoso, nunca preguntó a los investigadores qué le había pasado a Julie. Aunque no tenían motivos para detenerlo, un detective estaba seguro de que Jesperson ocultaba algo.
Mientras Jesperson se preparaba para irse, el investigador hizo un movimiento estratégico. Le entregó al camionero su tarjeta de presentación, tratando de establecer una relación. El movimiento daría un resultado mucho más rápido y dramático de lo que podría haber imaginado.
6. La confesión del asesino: Desenmascarando a un monstruo
Apenas cinco días después del interrogatorio, la estrategia del investigador dio sus frutos de una manera impactante y sin precedentes. La confesión que siguió no solo resolvería el caso de Julie Winningham, sino que también desenmarañaría una cadena de asesinatos que había aterrorizado a comunidades en todo el país.
Apareció un mensaje en el buzón de voz del investigador. La voz era de Keith Jesperson. «Tenías razón», dijo. «Quiero entregarme». En una llamada telefónica posterior, Jesperson dio una confesión completa y detallada del asesinato de Julie Winningham, explicando con un desapego escalofriante cómo la había matado: «presiono con el puño en la garganta».
El verdadero alcance de sus crímenes se reveló en una carta que había escrito a su hermano, la cual la policía interceptó. La carta era una confesión de un reinado de terror, confirmando los peores temores de los investigadores. En ella, Jesperson hizo varias admisiones clave:
- Confesó haber matado a un total de ocho mujeres.
- Identificó explícitamente a su primera víctima como Tania Bennet.
- Confirmó que era el autor de las cartas del «Asesino de la Cara Feliz».
Finalmente emergió un perfil claro de Keith Hunter Jesperson. Era un camionero transitorio que usaba su profesión como escudo, viviendo en la carretera y cometiendo asesinatos cruzando fronteras estatales, un estilo de vida que lo hacía virtualmente invisible para las fuerzas del orden.
Con la confesión detallada y corroborada de Jesperson, las autoridades en Oregón se enfrentaron ahora a una verdad innegable y profundamente incómoda: habían condenado a dos personas inocentes por su primer asesinato.
7. Exoneración: La búsqueda de un bolso de cinco años
Revocar una condena de jurado es uno de los desafíos más difíciles en el sistema legal estadounidense. A pesar de la confesión de Keith Jesperson, liberar a LaVerna Pavlinac y John Sosnovsky requeriría más que su palabra; requeriría evidencia física indiscutible: una «prueba humeante» (smoking gun) que pudiera destrozar el caso del estado.
Los investigadores comenzaron probando la historia de Jesperson, llevándolo al desfiladero del río Columbia. Sin embargo, Jesperson fue incapaz de señalar la ubicación exacta donde había arrojado el cuerpo de Bennet, solo un área general. Este fracaso inicial arrojó dudas sobre su afirmación. Mientras se preparaban para irse, desanimados, Jesperson tuvo un destello crítico de memoria. «Creo que tiré el bolso por aquí», dijo, señalando un parche de maleza. Este fue un avance impresionante. El bolso de la víctima nunca había sido encontrado ni mencionado durante la investigación original. Era un detalle que solo el asesino podía saber.
La policía organizó inmediatamente equipos de búsqueda. Los barridos iniciales resultaron vacíos. Al caer la noche, el oficial supervisor decidió enviar a su equipo «una vez más». En ese pase final, un buscador lo encontró. Enterrado bajo cinco años de escombros había un bolso. Esa noche, el oficial recibió un mensaje en su busca. Cuando devolvió la llamada, la voz al otro lado preguntó: «¿Estás sentado? Tengo la licencia de conducir de Tania Bennet en mi mano».
Eso era todo. El bolso no era solo evidencia; era el vínculo irrefutable entre Jesperson y el crimen, un hecho físico cuya existencia y ubicación eran conocidas solo por el verdadero asesino. Fue, como señaló un oficial, la única cosa que «cambió la trayectoria del caso» y probó, más allá de toda duda, que Pavlinac y Sosnovsky eran inocentes.




